Óscar Ernesto Álvarez Gutiérrez
Periodista y editor web en EL INFORMADOR desde 2012. Politólogo por la UdeG. Especializado en hard news, con enfoque SEO. + info
Cada 19 de septiembre, la memoria colectiva viaja a la capital del país, pero Jalisco guarda su propia tragedia. A 41 años del sismo de 1985, recordar la devastación en Ciudad Guzmán es vital para entender nuestra vulnerabilidad actual y honrar una resiliencia comunitaria que transformó la región para siempre.
El jueves 19 de septiembre de 1985, a las 07:19 horas, un terremoto de magnitud 8.1 sacudió a México. Aunque el epicentro se ubicó en las costas de Lázaro Cárdenas, Michoacán, la onda sísmica golpeó con furia al estado de Jalisco.
La zona más castigada fue Ciudad Guzmán, cabecera del municipio de Zapotlán el Grande. En cuestión de dos minutos, esta localidad jalisciense se convirtió en la segunda población más afectada de toda la República Mexicana, solo detrás del entonces Distrito Federal.
Las cifras oficiales revelaron una catástrofe sin precedentes para la región sur del estado. El violento movimiento telúrico dejó un saldo trágico de 36 personas fallecidas y aproximadamente 750 heridos atrapados entre los escombros.
El desastre se magnificó debido a las características geológicas de la zona. La presencia de fallas geológicas locales y la cercanía con el Volcán de Colima jugaron un papel crucial en la intensidad con la que se sintió el temblor.
El nivel de devastación material fue abrumador para los habitantes de la época. Cerca del 60 por ciento de las construcciones de la ciudad sufrieron daños severos o colapsaron por completo ante la fuerza de la naturaleza.
Los reportes históricos indican que 5 mil 900 viviendas quedaron total o parcialmente destruidas. Esto provocó que alrededor de 21 mil ciudadanos, casi una tercera parte de la población de aquel entonces, se convirtieran en damnificados de la noche a la mañana.
Las calles principales, como Manuel M. Diéguez e Ignacio Mejía, se transformaron en un catálogo de ruinas. La mayoría de las casas antiguas, construidas a base de adobe, no resistieron y quedaron reducidas a polvo.
El patrimonio arquitectónico y religioso también sufrió heridas profundas e irreparables. La emblemática Catedral de Ciudad Guzmán perdió sus torres cónicas, una cicatriz arquitectónica que sus pobladores asimilaron como parte de su memoria histórica. Además, otros 14 recintos eclesiásticos resultaron gravemente afectados.
OA