A finales de la década de los setenta, cinco jóvenes artistas encontraron en la figuración un territorio desde el cual podían discutir lo que ocurría en la pintura de Guadalajara. Alejandro Colunga, Jorge Alzaga, Pepín Hernández Laos, Ramiro Torreblanca y Luis Valsoto compartieron durante aquellos años una serie de principios alrededor de la condición humana, la identidad y la posibilidad de recuperar cuerpos, personajes y escenarios en un momento marcado por la presencia de la abstracción. Casi cinco décadas después, aquella experiencia vuelve al Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (MUSA) convertida también en una pregunta: ¿qué permaneció de Los Vitalistas cuando el grupo dejó de existir como tal y cada uno continuó su propio camino?
Esa interrogante atraviesa "Fenómeno vital", exposición que será inaugurada este jueves 20 de agosto, a las 19:30 horas, y que permanecerá abierta al público del 21 de agosto al 15 de noviembre en la Sala 1 del MUSA. Bajo la curaduría de Talien Corona Ojeda, la muestra reúne más de treinta obras, además de una edición del Manifiesto Vitalista, fotografías y documentos que permiten regresar a un episodio de la historia artística de Guadalajara que comenzó a tomar forma hacia finales de los años setenta.
Reconstruir aquel momento, sin embargo, resultó bastante más complicado que regresar a los archivos y seleccionar las piezas de una antigua exposición. Corona Ojeda comenzó a conversar sobre el proyecto con la dirección del MUSA hace alrededor de un año y medio. Cuando la invitación se formalizó a finales de 2025 y comenzó la investigación, descubrió que la documentación existente sobre las primeras exposiciones de Los Vitalistas era limitada.
"El primer reto fue toparme con la realidad histórica del grupo", explicó la curadora en entrevista con EL INFORMADOR. "Los Vitalistas habían construido un manifiesto y una declaración de principios y, en su primera exposición, cada autor presentó alrededor de cuatro piezas. El problema apareció cuando intenté identificar qué obras habían integrado aquella muestra. Las fotografías disponibles eran escasas, estaban en blanco y negro y los registros podían limitarse a referencias tan generales como "figura cuatro", "abstracto" o "sin título".
La dificultad terminó por modificar el proyecto. Corona Ojeda abandonó la posibilidad de reconstruir aquella exposición de manera literal y comenzó a pensar en otra pregunta. Más que reproducir un momento de finales de los setenta, decidió seguir las consecuencias de las ideas que habían defendido aquellos artistas. "Justamente esa imposibilidad de reconstruir con exactitud la exposición original me llevó a nombrar esta muestra Fenómeno vital. Me interesaba observar qué ocurrió con aquel fenómeno. Porque una cosa es declarar un conjunto de principios en determinado momento y otra muy distinta ver, con el paso de los años, si esos principios fueron congruentes con la producción posterior", explicó.
De esa decisión surgió un arco temporal mucho más extenso. Las piezas seleccionadas abarcan desde 1966 hasta 2012, mientras que el periodo propiamente vitalista se concentró fundamentalmente entre 1978 y 1979, cuando sus integrantes realizaron exposiciones colectivas antes de continuar con trayectorias individuales. La muestra permite así observar qué ocurrió antes, durante y después del grupo, y cómo ciertas inquietudes sobrevivieron a su breve existencia colectiva.
El punto de partida se encuentra en los manifiestos escritos por los propios artistas. Frente al predominio de determinadas tendencias abstractas, Los Vitalistas plantearon recuperar la figuración y discutir nuevamente la identidad, aunque alejados del nacionalismo que había caracterizado a buena parte del arte mexicano durante las primeras décadas del siglo XX.
"Se plantea recuperar la figuración y hablar de la identidad nacional, aunque ya no desde los nacionalismos de principios del siglo XX, sino desde una identidad más local, más vinculada con la individualidad de cada artista", explicó Corona Ojeda. "Compartían el interés por experimentar otra vez con la figura, los escenarios y los ambientes, pero cada uno desde una visión propia".
El concepto de "fenómeno vital" estaba relacionado con esa atención hacia la condición humana, las emociones y las experiencias cotidianas. El regreso a la figura tampoco significaba recuperar de manera nostálgica las formas anteriores de representación. Los artistas buscaban una nueva figuración capaz de responder a las transformaciones sociales, políticas y culturales de su tiempo. Esa coincidencia inicial no produjo cinco obras semejantes. Con los años, cada integrante llevó aquellos principios hacia territorios propios y, precisamente por eso, Corona Ojeda considera que recorrer la exposición permite reconocer diferentes maneras de entender la figura.
En Alejandro Colunga aparecen personajes y zoologías fantásticas, además de un universo narrativo reconocible dentro de su trayectoria posterior. Luis Valsoto trabaja con una carga erótica particularmente visible; Jorge Alzaga comparte ese interés por el erotismo, aunque desde un tratamiento más clásico que en ciertos momentos se aproxima al impresionismo. Pepín Hernández Laos construye estructuras rígidas que pueden acercarse a la abstracción geométrica sin abandonar por completo la figura, mientras Ramiro Torreblanca lleva esa tensión todavía más lejos al desdibujar aquello que representa. "No son obras realistas, pero mantienen una relación clara con lo que reconocemos como un retrato, un desnudo o una figura", señaló la curadora.
Para Corona Ojeda, hablar de la "ruptura" como un acontecimiento único resulta insuficiente para comprender lo sucedido fuera de la Ciudad de México. En Guadalajara, los cambios aparecieron en distintos momentos y respondieron a circunstancias locales particulares. Después surgirían otros colectivos y nuevas discusiones relacionadas con transformaciones que ocurrían simultáneamente en México y en el extranjero. Los Vitalistas ocupan uno de esos momentos de transición.
"Esa ruptura en Guadalajara no ocurre una sola vez ni de la misma manera que desde una perspectiva centralista. Aquí sucede en diferentes momentos y bajo distintas coyunturas", explicó. "Los Vitalistas representan precisamente una de esas coyunturas: se estaba consolidando una etapa de abstracción y, al mismo tiempo, comenzaba un retorno hacia la figuración".
Corona Ojeda ha estudiado tres décadas de pintura en Jalisco como parte de su investigación académica y considera que mantener vivos estos movimientos requiere mucho más que conservar las obras. Se necesitan investigaciones, publicaciones, exposiciones y archivos capaces de documentar qué ocurrió y bajo qué circunstancias. El museo adquiere entonces una función que rebasa la conservación. Una investigación académica puede reconstruir fechas, movimientos y relaciones; una exposición permite que ese conocimiento vuelva a encontrarse con personas que quizá nunca habían escuchado hablar de Los Vitalistas.
"Puedes tener publicaciones, investigaciones y archivos, pero si todo eso no se traduce también en exposiciones a las que cualquier persona pueda acceder, una parte importante del trabajo permanece encerrada", finalizó Corona Ojeda.
Para ella, ahí reside una de las posibilidades más importantes del museo: alguien puede entrar sin conocimientos previos de historia del arte y establecer una relación con una textura, un color, una figura o un personaje. A partir de ese encuentro comienza también otra manera de aproximarse al pasado artístico de Guadalajara.
SV